¡Cómo te atreves a golpear una sotana negra!

Columbia Británica se vio llena de misioneros oblatos. Entre los más famosos, se menciona al etnólogo Adrien Morice, al políglota Jean Marie Lejeune, Casimir Chirouse, el corazón audaz y fogoso de Charles Pandosy. Uno de los últimos, pero no menor: el padre Francois Marie Thomas, apóstol enteramente entregado al servicio de los Amerindios chilcotins, en el distrito de Cariboo.

Bretón, nacido en 1868, ordenado sacerdote en los Oblatos en 1893. A pesar de sus graves enfermedades, siempre deseó ir a las misiones del Canadá. Su sueño se realizó, en 1894, con su primera obediencia para la Columbia Británica.

Se le encuentra, poco después, con los Chilcotins de Williams Lake. Una tribu de temibles y belicosos aborígenes siempre hostiles a la religión de los blancos. Algunos veteranos misioneros estaban convencidos de la inutilidad de los esfuerzos del joven padre Thomas en vista de su conversión. “Dejaron escapar la Redención”, se decían. No apagaron la iniciativa del recién llegado que, durante sesenta años, desbordaba de iniciativas, de presencia agradable, sonriente. Es preciso desmentir las previsiones de sus compañeros. Se produjeron frutos desconcertantes.

Entre dos rivales
Pero la vida del misionero no fue fácil. A veces debió arreglar conflictos hogareños y conflictos por celos. Un día, en la misión de Anaham, el padre había contratado a un obrero de Nazko para reparar la iglesia del lugar. Los trabajos ya duraban desde hacía algunas semanas, cuando una mujer de Anahaua comenzó a hacer propuestas amorosas al pobre hombre que, naturalmente se aburría por la lejanía de su esposa, que permaneciera en Nazko. Ésta, puesta a la corriente de la conducta provocante de la extraña rival, decidió ir a arreglar cuentas.

Se palabrearon y pronto pasaron a los golpes. ¡Gran alboroto! El público las animaba a que se pegaran. Un entretenimiento inesperado. Eso iba en serio; de repente, con un gran hueso la rival quiere matarla. El padre Thomas no vaciló. A pesar del peligro, se colocó entre las dos. Al instante, una ágil y robusta matrona agarra a la rival de la muñeca gritando: “¿Cómo te atreves a golpear una sotana negra?” Hubo una calma momentánea. Algunos testigos separaron rápidamente a las dos mujeres llevándolas a los confines del pueblo. ¡Uff! El peligro había pasado.

André DORVAL, OMI


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