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Marcello Zago - Escritos

RENOVARSE EN EL CARISMA OBLATO
25 Enero 1995 - Carta a los Oblatos en formación primera - Roma

1995 es el año de la canonización de Eugenio de Mazenod, nuestro fundador. Es un año que marcará la historia de la congregación. Debería marcar aún más la renovación de nuestra vida personal y colectiva. Con este fin se ha anunciado un año mazenodiano para toda la congregación. Será del 21 de mayo de 1995 al 21 de mayo de 1996, fiesta litúrgica de Eugenio de Mazenod. Las modalidades de su celebración a nivel internacional se darán a conocer por la administración general.

La presente carta, normalmente dirigida a los oblatos en formación primera, va dirigida este año a todos los miembros de la congregación y, a diferencia de las precedentes, tendrá, por tanto, una única edición. Espero que sirva de estímulo no sólo a los oblatos, sino a todos los que desean compartir el carisma del beato Eugenio. Con ella quiero no sólo proponer un texto para la lectura, la meditación y la oración personales, sino también poner a disposición de las comunidades un instrumento de intercambio, de evaluación y de discernimiento. Invito, por tanto, a servirse de ella incluso en los encuentros comunitarios.

Todo oblato saca del fundador el espíritu que lo anima, encuentra en él un modelo de vida. Por eso, cada uno de nosotros tiene su experiencia del fundador, tiene su visión de él, encuentra en él una consonancia con la propia vocación y con las propias aspiraciones. El fundador, en efecto, forma parte de nuestra vida y de nuestra experiencia. No es sólo un personaje histórico al que se conoce más o menos bien.

Ciertamente el conocimiento objetivo de él, de su espiritualidad, de su comprensión del carisma, es importante. La canonización debería ser la ocasión para conocerlo mejor, aprovechando los muchos estudios y publicaciones de los últimos años. Eugenio de Mazenod sigue siendo una persona viva con la que se tienen relaciones personales. Viviendo entre 1782 y 1861 una existencia rica en acontecimientos y responsabilidades, su influjo perdura no sólo gracias a su obra, a sus intuiciones, al instituto por él fundado y al movimiento que ha creado en la Iglesia. Por la comunión de los santos, sigue relacionándose con nosotros y nosotros con él. Su recuerdo, por tanto, no basta. Es preciso desarrollar una relación personal y cada vez más íntima con él. Por eso, os invito a fijar juntos la mirada en el fundador, considerándolo como:

- un santo que imitar
- un fundador que seguir
- un maestro que escuchar
- un padre que amar
- un intercesor que invocar.

Siguiendo sus huellas y guiados por él podremos renovarnos en el carisma que el Espíritu ha transmitido a su Iglesia por medio de él.

1. Un santo que imitar
Eugenio de Mazenod no es canonizado porque fue fundador u obispo o porque hizo grandes cosas, sino porque fue un santo. Ha vivido, es decir, de modo ejemplar como discípulo de Cristo según su vocación de cristiano, de sacerdote, de religioso, de fundador, de superior general y de obispo. Precisamente porque vivió de modo heroico las virtudes cristianas es presentado a toda la Iglesia como modelo que imitar. No nació santo, sino que llegó a serlo progresivamente movido por la gracia divina a la que ha correspondido. Llegó a serlo con su carácter humano muy característico, que atraía a unos y alejaba a otros. Se puede decir también que llegó a santo gracias a su carácter volitivo y a pesar de él. Llegó a santo incluso gracias y a pesar de los acontecimientos que han acompañado su vida. El secreto de la santidad está en su relación con Cristo al que se ha ido conformando cada vez más, en su amor auténtico a Dios y al prójimo, en el ejercicio de las virtudes cristianas, en su celo apostólico. Movido por el Espíritu, se conformó a Cristo salvador y evangelizados y se puso incondicionalmente al servicio de la Iglesia. Llegó a ser así progresivamente una maravilla de la acción de Dios y un logro humano gracias también a su empeño personal.

Me he preguntado cuáles son las características de su santidad que pueden interpelarnos y decirnos algo a nosotros cristianos en este fin del segundo milenio. Indico algunas que me inspiran particularmente. Podéis completarlas y reordenarlas, según vuestra experiencia y conocimiento de Eugenio de Mazenod.

Me inspira ante todo su relación con Cristo, una relación serena y directa, personal y concreta. No era una relación estereotipada, que se agotaba en ejercicios formales y sin vida. Jesucristo era una persona real con la que se encontraba de muchos modos, sobre todo en la eucaristía y en su ministerio de sacerdote misionero. Lo encontraba en las personas como sus oblatos, sus sacerdotes, sus pobres. Algunas experiencias de tipo místico lo han marcado profundamente. Pero era igualmente verdadera y vivificante su relación ordinaria con Cristo a través de la oración y el ministerio. Si para él el fin de la misión consistía en enseñar quién es Jesucristo, esto se debe al hecho de que Jesús era para él una persona viva con la que tenía experiencia directa y que estaba en el centro de su existencia. Cristo no era una simple verdad que aceptar sino una persona que conocer, amar, a quien confiar la propia vida, con la que tomar decisiones, en cuya presencia era bueno estar. Por eso, la liturgia era central, la meditación y en particular la oración eran una necesidad. Como obispo, después de todo un día de tareas, gustaba pasar una hora de adoración ante Cristo eucarístico, solemnemente expuesto en una de las iglesias de su diócesis en rápida expansión.

En Cristo y a través de Cristo buscaba la voluntad del Padre y se dejaba guiar por el Espíritu. La Trinidad, a la que honraba y adoraba en las oraciones de la mañana y de la tarde, era el horizonte de su vida. Lo hacía con un sentido de concreción, adaptándose a las situaciones. Así aceptó hacerse sacerdote, comenzar una comunidad misionera, ser vicario general y obispo. Fue no sólo hombre de grandes deseos, sino más aún hombre de opciones valientes tras discernimiento prudente madurado en la oración y en la fe. Buscaba la gloria del Dio vivo y verdadero, aceptando pruebas y sufrimientos que no fueron pocos en su vida. Para él aceptar la voluntad de Dios en algunas circunstancias no fue ni automático ni fácil. Fue el camino del crecimiento cristiano, a menudo acompañado de cambios imprevisibles, como cuando después de la ordenación episcopal fue perseguido por las autoridades francesas y se sintió abandonado por Roma.

Fue hombre atento con los demás, sensible a sus necesidades, dispuesto a intervenir en su ayuda. Su vocación misionera nace y se desarrolla por las interpelaciones que le llegan de las necesidades de salvación de los hombres, percibidas como una llamada del Salvador. Así la presencia de prisioneros de guerra en Aix lo impulsa a ponerse a su servicio; el estado de abandono de la Iglesia lo decide a entrar en el seminario; la necesidad de reevangelización de las poblaciones rurales lo empuja a iniciar una comunidad misionera; las urgencias misioneras le hacen aceptar fundaciones en los diversos continentes. Por lo mismo, de joven sacerdote, predica a las criadas y criados de Aix; de obispo, se entretiene con el pueblo llano del puerto de Marsella; visita a los pobres y enfermos de su ciudad; mantiene contacto regular con sus misioneros. Todo esto iba con su carácter natural y su experiencia que lo había puesto en contacto con los prófugos e inmigrados en Italia, con los campesinos en la propiedad materna al volver a Francia, con los pobres de su ciudad. Pero para él no era simple filantropía. El amor a los demás, sobre todo a los últimos y los pobres, tenía su explicación en el valor de la persona humana rescatada y amada por Cristo. La salvación de las almas llegó a ser cada vez más el móvil de su acción apostólica y guió su sentido misionero.

La respuesta a la llamada del Salvador, percibida a través de las necesidades de salvación de los hombres, fue en un primer momento personal. Pero rápidamente y en crescendo la respuesta se hizo eclesial, formando con otros una comunidad capaz de responder a las necesidades, promoviendo la colaboración con las otras fuerzas apostólicas, intensificando la comunión con la Iglesia extendida por el mundo.

Enamorado de Cristo, Eugenio fue un servidor incondicional de la Iglesia. Ella era no sólo institución, sino también y sobre todo «preciada herencia adquirida por Cristo a precio de su sangre... la esposa amada del único Hijo de Dios... la madre que pide auxilio». Como se expresaba en el Prefacio, las motivaciones suyas y de su instituto estaban íntimamente relacionadas: «la gloria de Dios, un amor ardiente a la Iglesia y la salvación de las almas». La gloria de Dios y el amor ardiente por la salvación de las almas iban a la par y expresaban «el bien y el servicio de la Iglesia». Ciertamente reconocía los males de la Iglesia de su tiempo y hasta los límites y errores de sus ministros, pero al mismo tiempo reconocía su dimensión divina. Y por la Iglesia supo trabajar con entrega y sufrir con dignidad. La dio a conocer y la hizo amar a sus oblatos y a sus diocesanos, porque no se puede amar a Cristo sin amar a la Iglesia.

Para responder a las urgencias de la salvación de las almas y del servicio de la Iglesia, Eugenio aceptó, contra sus mismas inclinaciones, cargos cada vez más pesados: superior general, vicario general, obispo auxiliar, obispo de Marsella. Progresivamente iba comprendiendo que el Señor de la viña lo llamaba a servirlo a través de estos ministerios. En ellos ejercitó las virtudes de modo cada vez más heroico. Fueron la palestra de su don a Dios y la vía concreta para su camino de santidad.

Eugenio miraba lejos, tenía un horizonte amplio y un amor abierto a la humanidad. El destierro de los primeros años, los contactos con personas y pueblos en ciudades cosmopolitas como Venecia, Nápoles y Palermo, las lecturas de adolescente sobre las misiones, los contactos con la curia romana prisionera en París durante su seminario, la predicación de las misiones parroquiales, la presencia en Marsella convertida en puerto abierto a los diversos continentes, el envío de sus misioneros a otros países, ampliaron cada vez más sus horizontes y abrieron su corazón. Incluso de obispo difundió entre sus fieles el interés por los problemas del mundo y las necesidades de la Iglesia. Fue hombre universal y pastor con gran sentido eclesial. Escribió cartas pastorales no sólo sobre la liturgia, la catequesis y la predicación, la prisión del papa y los derechos de la Iglesia, sino también sobre el hambre en Irlanda, el movimiento anglicano de Oxford, y la apertura a África.

Su personalidad humana nos lo hace simpático. Era hombre directo y derecho. Sabía tomar posición. Se sabía de qué parte estaba. No era, sin embargo, terco. Sabía modificar sus posiciones aun cuando le costaba. Aceptó las diferentes formas de gobierno, liberándose de sus posiciones legitimistas monárquicas. Aceptó incluso decisiones romanas con las que no estaba de acuerdo. Lo hizo con fe tras haber expresado su punto de vista. Con el trabajo penoso de varios años encontró una unidad cada vez mayor en su vida, entre su necesidad contemplativa y el apostolado, entre sus exigencias místicas y su carácter activo, entre sus tareas de superior general y de obispo.

En la formulación de su espiritualidad influyó en él la escuela francesa especialmente durante su seminario parisino y gracias a ella tuvo en gran estima el sacerdocio y sus exigencias de santidad. Influyó también en él la espiritualidad ignaciana y la de san Alfonso de Ligorio. Otras fuentes lo marcaron profundamente y de modo cada vez más decisivo: la Escritura, la liturgia y la vida. Fiel a la lectura cotidiana de la Escritura, la Palabra de Dios incidió en su visión de fe, en su oración y su comprensión de la evangelización. Y así fue la liturgia. La vida concreta con todos sus desafíos humanos y eclesiales fue escuela constante y fuente de crecimiento cristiano y misionero para él hombre concreto y práctico. En particular lo marcaron a fondo algunas experiencias espirituales, y entre todas la experiencia del Viernes Santo de 1807, que puede considerarse su segunda conversión, el fundamento de toda su espiritualidad y el punto focal de su experiencia de fe. Un estudio completo de estas fuentes podría revelarnos muchos tesoros.

La canonización reconoce al santo. Su santidad, sin embargo, no está separada de su llamada a ser fundador y padre de una gran familia. El Espíritu lo ha preparado y guiado, para que fuese modelo para aquellos que comparten su carisma, que en él tiene un prototipo y no sólo un iniciador o maestro. En cuanto modelo de santidad, Eugenio nos remite a Cristo, sobre todo en su misterio de salvador y en su ministerio de evangelizador. A ejemplo de María nos lleva a Cristo. Y aquí radica el carácter mariano de Eugenio y del carisma oblato.

2. Un Fundador que seguir
Un fundador no es un simple iniciador de una obra humana. Su persona y su obra se comprenden plenamente sólo en la economía salvífica divina, guiada por el Espíritu Santo, el protagonista de la vida y de la misión de la Iglesia[1]. Es el Espíritu el que suscita a los fundadores y a través de ellos provee a la Iglesia de familias religiosas. Así a través de Eugenio de Mazenod ha suscitado una congregación religiosa dedicada a la evangelización de los pobres. Por medio de él ha transmitido a la Iglesia un carisma misionero, ha plasmado un cuerpo apostólico, lanzándolo por los caminos del mundo.

Para comprender el carisma del propio instituto, hay que comprender al fundador y entrar en sintonía con él, con su inspiración y su proyecto. Así se percibe el don hecho a través de él a la Iglesia. Para Eugenio de Mazenod la intervención divina se hizo camino a través de la lectura de los males de la Iglesia y en particular a través de la constatación de la pérdida de la fe en amplios estratos de la sociedad. Ante estas necesidades se conmovió. Sacudido por el Espíritu, reunió a compañeros para dar con ellos una respuesta evangélica a través de la reevangelización de los pobres, sobre todo de los campos.

Para esta obra de evangelización, el modelo, la fuente y el centro es Jesucristo salvador y evangelizador, que reúne en torno a sí discípulos para formarlos y enviarlos. «Cristo salvador es el punto de vista desde el que debemos contemplar a nuestro divino maestro», escribía al padre Temper en julio de 1816. Esta intuición radicada en su experiencia del Viernes Santo tomó cuerpo en su camino espiritual apostólico, particularmente en buscar respuesta para llevar ayuda a la Iglesia abandonada. Desde la perspectiva de Cristo salvador y evangelizador valoró las diferentes realidades: la humanidad es en particular los pobres, la Iglesia y la comunidad. La visión de Cristo salvador que llama a los oblatos, a fin de que cooperen con él en la salvación del mundo, anunciando la buena noticia, informa toda la espiritualidad por él vivida y transmitida.

Partiendo de aquella lectura evangélica, Eugenio formó a su congregación sobré tres valores principales que constituyen las bases y los pilares del edificio: la misión evangelizadora de los pobres, la vida comunitaria, el empeño de santificación de los mismos miembros.

La prioridad de la evangelización como anuncio en su país de origen se expresó en la predicación de las misiones parroquiales que se proponían despertar la fe y reanimar las comunidades cristianas entibiadas por las recientes corrientes culturales y políticas. En los países de misión este anuncio estaba dirigido a transmitir la fe y a constituir nuevas comunidades cristianas. Tal evangelización era una prioridad que nacía de las urgencias que sé percibían y se proponía hacer de los destinatarios, primero hombres, luego cristianos y finalmente santos.

La comunidad fue considerada como esencial desde los comienzos, basándose en la experiencia y en el modelo de los apóstoles. Estuvo de hecho en el origen del crecimiento del instituto. Unas cuarenta fundaciones nacidas en el mismo tiempo en Francia y con los mismos fines misioneros desaparecieron a causa de una vida comunitaria débil, una selección inadecuada de los candidatos y una formación insuficiente.

El empeño por la santidad nacía de exigencias misioneras, porque el anuncio evangélico exige predicadores que sean ante todo testigos. La elección de la vida religiosa con la práctica de los votos y con sus exigencias ascéticas fue la consecuencia natural.

El carisma oblato evidentemente no debe reducirse a estas características, aun cuando constituyen los pilares de la fundación y del subsiguiente crecimiento de la congregación. Lo caracterizan otras dimensiones como la opción por los pobres y los abandonados, el carácter sacerdotal, la devoción a María, el amor a la Iglesia, la atención a las urgencias pastorales, el empeño por la misión universal, la cercanía a la gente, la intrepidez apostólica, la radicalidad de la oblación, la caridad fraterna, el celo apostólico, etc. Esta visión carismática ha sido de nuevo propuesta con lucidez por las nuevas constituciones preparadas por la consulta a toda la congregación, votadas unánimemente por el capítulo de 1980y aprobadas por la Santa Sede en 1982.

El carisma de Eugenio de Mazenod ha sido transmitido a la congregación de los misioneros oblatos de María Inmaculada. Pero tuvo una irradiación mayor. De él nacieron congregaciones religiosas, institutos seculares, grupos de laicos asociados de varios modos. Cada grupo ha desarrollado algunos aspectos y hecho su síntesis. Se puede hablar de una constelación del carisma mazenodiano con fecundidad rica en irradiación.

3. Un maestro que escuchar
El concilio y el magisterio subsiguiente nos invitan a renovarnos en el espíritu de los fundadores. El primer criterio es ciertamente renovarse en Cristo, al que todo fundador remite y del que revela un aspecto. Para Eugenio, Cristo es el fundador mismo del instituto, el modelo. Escribía en la primera regla: «¿Hay algún fin más sublime que el de su Instituto? Su fundador es Jesucristo, el mismo Hijo de Dios; su primeros padres, los Apóstoles. Han sido llamados a ser los cooperadores del Salvador, los corredentores del género humano».

Por otra parte, era consciente de su papel no sólo en iniciar el instituto sino también en transmitir e interpretar el espíritu, las finalidades misioneras, las modalidades del convivir. Escribiendo al padre Honorat, reprochaba algunos modos independientes de hacer: «Estas reflexiones de reproche me vinieron espontáneamente pensando en hombres a los que he engendrado a la vida religiosa y que pasan años sin darme señal de vida y sin soñar en sacar de miel espíritu que deben reproducir, si reconocen mi paternidad y la autoridad que la Iglesia me da en ellos»[2].

Eugenio no ha dejado tratados de espiritualidad. Hombre práctico se dejó guiar por el Espíritu según las circunstancias. Es, por tanto, importante ver su modo de hacer las opciones, de responder a los desafíos, de traducir en la práctica las intuiciones. No ha dejado de dar indicaciones sobre el espíritu del instituto partiendo a menudo de las situaciones de la vida. Se trata a menudo de perlas preciosas, de intuiciones fecundas, de semillas transmisoras de vida para el carisma. Más allá de las selecciones ya hechas, me parece que algunos textos tienen una relevancia particular. He escogido cinco que os ofrezco a la meditación, como un medio para entrar en las intuiciones de Eugenio de Mazenod y para nuestra renovación carismática.

El texto más significativo es el Prefacio de las Constituciones y Reglas. Escrito como Nota Bene en las reglas primitivas de 1818, ha sido ligeramente modificado e introducido como Prefacio en las primeras reglas aprobadas por la Santa Sede en 1825. En la radical reformulación de las constituciones hecha por el capítulo de 1966 se ha conservado íntegramente y presentado como la Carta Magna inspiradora del carisma oblato. De hecho recuerda no sólo el origen histórico de nuestro carisma, sino la metodología para su realización.

Comienza con una mirada clara e inspirada por la fe a las necesidades de la Iglesia. Estas necesidades de salvación constituyen una llamada que conmueve a Eugenio y a algunos sacerdotes y los impulsa a responder con generosidad por amor a la Iglesia. El tipo de respuesta se encuentra mirando al mismo Jesucristo contemplado como salvador e imitado como evangelizados Como Cristo ha formado a algunos discípulos a su escuela y a su género de vida para luego enviarlos a evangelizar el mundo, así este grupo de sacerdotes quiere ponerse a la escuela de Jesús para poder evangelizar a las poblaciones abandonadas de la región. Siguen de este modo el ideal de los apóstoles llamados por Jesús a estar con él y a ser enviados por él (cf. Mc 3,14).

En este texto aparecen:

  1. el origen del carisma oblato que nace de la conmoción ante las necesidades de salvación de la gente y los males de la Iglesia;
  2. la perspectiva cristológica que contempla el misterio de Cristo salvador y que elige el ministerio de Cristo evangelizador, siguiendo su pedagogía formativa;
  3. el amor a la Iglesia contemplada como misterio, pero abandonada por la infidelidad de los cristianos y la tibieza de sus ministros. Poniéndose a su servicio, los oblatos adoptan una forma de ministerio extraordinario;
  4. la comunidad con Jesús como escuela de santidad y de celo apostólico;
  5. los fines y las etapas de la evangelización misma: llevar a los hombres a sentimientos humanos, luego cristianos, y ayudarlos finalmente a ser santos;
  6. su contenido: enseñar quién es Jesucristo, arrebatarlos al dominio de Satanás y mostrarles el camino del cielo;
  7. la llamada a la santidad para los misioneros y para los cristianos mismos: trabajar seriamente por ser santos con las exigencias de la kenosis;
  8. la necesidad de reglas de vida que aseguren la unidad de espíritu y acción entre todos los miembros[3].

La radicalidad de la vocación oblata está bien descrita en un texto de la regla de 1853: «El que quiera ser de los nuestros, deberá arder en deseos de la propia perfección, estar inflamado en amor a nuestro Señor Jesucristo y a su Iglesia, y en celo ardiente por la salvación de las almas. Deberá desprender su corazón de todo afecto desordenado a las cosas de la tierra y del apego exagerado a los parientes y a la tierra natal; no tener deseo alguno de lucro, mirando, más bien, a las riquezas como barro, para no buscar más ganancia que Jesucristo; tener el anhelo de consagrarse únicamente al servicio de Dios y de la Iglesia, ya sea en las misiones, ya en otros ministerios de la congregación. Deberá, finalmente, tener la voluntad de perseverar hasta la muerte en la fidelidad y la obediencia a las reglas de nuestro instituto»[4].

La caridad entre nosotros y el celo apostólico han sido siempre subrayados por Eugenio. Nos baste este texto escrito en respuesta a-una situación particular. En 1830 había visitado la comunidad de Nuestra Señora de Laus. Había quedado apenado por la falta de regularidad que allí se notaba. En la carta siguiente escrita desde Friburgo vuelve sobre el asunto, e invitando a la observancia de las reglas, indica el principio . unificador de toda nuestra vida. «Es necesario que haya un espíritu: común que dé vida a este cuerpo particular. El espíritu del bernardo no es el del jesuita. También el nuestro es nuestro. Los que no lo han comprendido, por no haber hecho un buen noviciado, son entre nosotros como miembros dislocados. Hacen sufrir a todo el cuerpo y ellos mismos no están a gusto. Es indispensable que se pongan en su lugar.» Para ilustrar este espíritu habla de la caridad, en su triple expresión para con Dios, con los hermanos y los demás. «La caridad es el eje sobre el que gira toda nuestra existencia. La que debemos tener para con Dios nos ha hecho renunciar al mundo y nos ha consagrado a su gloria a través de todos los sacrificios, incluso el de la vida [...]. La caridad para con el prójimo es también parte esencial de nuestro espíritu. La practicamos primero entre nosotros amándonos como hermanos, considerando a nuestra sociedad como la familia más unida que existe en la tierra, alegrándonos de las virtudes, los talentos y otras cualidades que poseen nuestros hermanos como si fueran nuestros, soportando con dulzura los pequeños defectos que algunos no han superado aún, cubriéndolos con el manto de la caridad más sincera, etc., para con el resto de los hombres, considerándonos como los servidores del padre de familia encargados de socorrer, ayudar, hacer volver a sus hijos por el trabajo más asiduo...»[5].

Nuestro espíritu de oblación está entre otras cosas bien indicado en una carta de 1817 escrita desde París a su comunidad: «Estamos en la tierra, y particularmente en nuestra casa, para santificarnos ayudándonos mutuamente con el ejemplo, la palabra, la oración. Nuestro Señor nos ha confiado la misión de proseguir la gran obra de la redención: a este único fin debe tender todo nuestro esfuerzo, y hasta que no hayamos entregado toda nuestra vida y derramado toda nuestra sangre para conseguirlo, no tenemos nada que decir; con mayor razón, cuando sólo hemos dado unas gotas de sudor y pocas fatigas. Esta entrega total a la gloria de Dios, al servicio de la Iglesia y ala salvación de las almas es el espíritu propio de nuestra congregación, pequeña, es cierto, pero que será siempre potente mientras sea santa. Es necesario que los novicios se llenen bien de estos pensamientos, los profundicen, los mediten. Cada sociedad en la Iglesia tiene un espíritu propio; es inspirado por Dios según las circunstancias y necesidades de los tiempos en que place a Dios suscitar estos cuerpos de reserva o, por mejor decir, estos cuerpos escogidos que van en vanguardia, que superan en valor la masa del ejército y que obtienen las más brillantes victorias»[6].

El último texto que os propongo es de 1822; escrito en un momento de prueba, pone en relación la devoción y el apostolado mariano del fundador y de la congregación con la fecundidad de nuestra familia. «Acaba de terminar la función, mi querido y buen hermano. En casa reina el silencio interrumpido apenas por el sonido lejano de una campana que anuncia la salida de la procesión solemne. Contento por el homenaje sincero que acabamos de rendir a nuestra buena Madre, al pie de la hermosa imagen que hemos levantado en su honor en nuestra iglesia, dejo a otros el cuidado de honrarla con la pompa exterior de un cortejo que no ofrecería nada de edificante a mi devoción, tal vez demasiado exigente. Este tiempo debe ser para encontrarnos, mi querido amigo, en las dulces efusiones de nuestros corazones. ¡Cómo me gustaría comunicaros todo el consuelo que he experimentado en este hermoso día consagrado a María, nuestra Reina!

«Hace mucho tiempo que no sentía tanta alegría hablando de sus grandezas y animando a los cristianos a poner en ella toda su confianza, como esta mañana en la instrucción de la congregación (de la juventud cristiana de Aix). [...] Creo serle deudor de un sentimiento particular que he experimentado hoy, no digo más que nunca, pero ciertamente más que de ordinario. No lo definiré bien porque encierra varias cosas que se refieren, sin embargo, a un solo objeto, nuestra querida sociedad. Me parecía ver, tocar con el dedo, que ella contenía el germen de muy grandes virtudes, que podría hacer un bien infinito; la encontraba buena, todo me gustaba en ella; amaba sus reglas, sus estatutos; su ministerio me parecía sublime, como lo es en efecto. Encontraba en ella medios seguros de salvación, infalibles incluso, para como los veía. Un solo motivo de dolor venía a atemperar y casi a apagar totalmente la alegría a laque con gusto me habría abandonado, era yo»[7].

Además de estos textos, llamo una vez más la atención sobre las Constituciones y Reglas que reflejan muy bien el carisma del beato Eugenio con un lenguaje adaptado a nuestros días. La canonización del fundador debe ser la ocasión de redescubrirlas, de meditarlas de nuevo y de rezarlas. A propósito de ellas, recojo lo que el fundador escribía a los oblatos, después de la última revisión y aprobación pontificia, el 2 de agosto de 1853: «Quisiera, mis queridos hijos, Tesumir mis consejos en una sola recomendación: leed y meditad las santas reglas. Ahí está el secreto de la perfección: todo lo que debe llevaros a Dios está ahí [...]. Leed, meditad, observad las reglas y llegaréis a verdaderos santos, edificaréis la Iglesia, honraréis vuestra vocación y obtendréis gracias de conversión para las almas que evangelizáis, como también bendición para la congregación vuestra madre y para sus miembros que son vuestros hermanos. Leed, meditad, observad fielmente las reglas y moriréis en la paz del Señor, seguros de la recompensa prometida por Dios al que persevere hasta el fin en el cumplimiento de sus deberes»[8].

4. Un padre que amar
Los fundadores normalmente se consideran padres o madres de los miembros del instituto por ellos fundado. Este sentimiento se encuentra de modo acentuado en Eugenio de Mazenod, hasta el punto de constituir un «ejemplo emblemático»[9]. Esta actitud se relaciona con una característica del carisma oblato, la caridad fraterna[10].

Eugenio ha tenido conciencia de esto muy pronto. Escribía en los apuntes de retiro de 1824: «Puedo decir de estos hijos, como la madre de los Macabeos, que no sé cómo han sido formados en mi seno»[11]. Algunos años después escribía: «Soy padre, y ¡qué padre!»[12]. En su correspondencia de los años cincuenta esta afirmación se repite como un estribillo.

Era una paternidad que le venía por el carisma de fundador: «Dios me ha destinado a ser padre de una familia numerosa en la Iglesia»[13]. Instauraba un amor profundo hacia sus oblatos: «Amo a mis hijos más de lo que cualquier otra criatura podría amarlos... Es sin duda a causa de la posición en la que él se ha dignado ponerme en su Iglesia»[14]. Es un don particular por el que da gracias a Dios, porque esta «expansión de amor que me es propia se difunde en cada uno de ellos sin detrimento para los demás, como pasa, me atrevo a decir, con el amor de Dios a los hombres»[15]. Está convencido de que esta relación de amor entre él y los oblatos no se encuentra en otras familias religiosas. «He visto muchas órdenes religiosas. Estoy en íntima relación con los más fieles a la regla. Pues bien, he reconocido entre ellos, independientemente de su virtud, un gran espíritu de cuerpo; pero este amor más que paternal del jefe a los miembros de la familia y esta correspondencia cordial de los miembros con su jefe, que establecen entre ellos relaciones que salen del corazón, y que forman entre nosotros verdaderos lazos de padre a hijos, de hijos a padre, eso no lo he encontrado en ninguna parte. He dado siempre por ello gracias a Dios como de un don particular que se ha dignado concederme... Es este sentimiento, que sé que viene del que es la fuente de toda caridad, el que ha provocado en el corazón de mis hijos esta reciprocidad de amor que constituye el carácter distintivo de nuestra querida familia»[16].

Esta relación de paternidad no termina con la muerte. La canonización confirma que Eugenio comparte la gloria de los santos y, por tanto, su comunión también con nosotros. En 1828, poco después de la muerte de algunos oblatos, escribía al padre Courtès: «Estamos unidos a ellos por el vínculo de una caridad particular, porque siguen siendo hermanos nuestros. Viven en nuestra casa madre, en nuestro centro: las oraciones y el amor que nos siguen teniendo nos atraerán un día a ellos para vivir con ellos en el lugar de nuestro descanso»[17]. El fundador está presente a nosotros porque está cerca de Dios. Sigue amándonos y espera no sólo un amor fraterno entre nosotros sino también un amor filial para con él. Este amor nos hará comprender su inspiración inicial, compartir las actitudes para vivir su carisma en el hoy de la Iglesia y nos pondrá en sintonía con su espíritu.

5. Un intercesor que invocar
Desde que el Señor lo ha llamado a sí el 21 de mayo de 1861,el beato Eugenio no ha transmitido nuevas consignas, no reacciona verbalmente a las nuevas situaciones y a nuestras opciones. Pero en su amor de padre y en su calidad de santo puede interceder por nosotros ante el Señor. Las gracias y los milagros otorgados por su intercesión son un ejemplo de su disponibilidad. Creo que esté particularmente disponible a interceder por la renovación de los oblatos, por una mayor incisividad misionera de la congregación, por la gracia de nuevas y auténticas vocaciones, por una adecuada formación de apóstoles celosos. Él, en efecto, llevaba muy dentro estas intenciones.

En el cielo intercede por los suyos como hacía ante el Santísimo Sacramento. Escribía al padre Lacombe: «No podéis imaginar cómo me preocupo ante Dios de mis queridos misioneros de río Rojo. No tengo otro medio para acercarme a ellos. Ahí, en presencia de Jesucristo en el Santísimo Sacramento, me parece veros y tocaros. Debe a menudo suceder que también vosotros estáis en su presencia. Es entonces cuando nos encontramos en este centro vivo que nos sirve de comunicación, ¿Creéis que vuestros sufrimientos y vuestros trabajos tan penosos no sean el tema frecuente de mis conversaciones y de mi admiración?[18]. Como entonces durante su existencia terrena, su intercesión exige una recíproca presencia y comunión en el Señor.

Podemos orar con él y no sólo dirigirnos a él como nuestro intercesor. El beato Eugenio nos ha dejado algunas oraciones compuestas por él y de las que se ha servido. Os propongo dos, una compuesta antes de su ordenación en la que pide poder amar a Cristo, y otra en que pide la perseverancia en la vocación oblata. Podremos servirnos de ellas para renovarnos en su espíritu, y para orar con él con sus mismas palabras.

Oración para amar a Cristo
Dios mío, duplicad, triplicad, centuplicad mis fuerzas, para que yo te ame no sólo en cuanto soy capaz de amarte, que eso no es nada, sino que te ame tanto como te han amado los santos, como te amó y te ama tu Santísima Madre.

Aun eso, Dios mío, no es bastante. ¿Por qué no querer amarte tanto como Tú te amas a ti mismo? Es imposible, lo sé; pero no es imposible desearlo, puesto que yo lo deseo con toda la sinceridad de mi corazón, con toda mi alma. Sí, Dios mío, yo quiero amarte tanto como tú te amas a ti mismo[19].

Oración para perseverar en la vocación oblata
Dios omnipotente y eterno, que, sin mérito alguno mío, por pura misericordia, me llamaste al servicio de tu Hijo en la Congregación de la Inmaculada Virgen María, humildemente te suplico, por los méritos y la preciosa sangre de nuestro Salvador, y por la intercesión de la Virgen concebida sin pecado y de todos mis santos patronos, que me concedas la gracia de mantenerme fiel a esta santa vocación: que ningún asalto del enemigo la debilite, que no la corrompan los impulsos de la carne, que no me aparten de ella el amor a los parientes o los consejos de los allegados, que no me impida seguirla el temor de las dificultades, ni me separe de ella la vanidad del mundo, que no la turbe la perversión de la sociedad, ni la entorpezcan mis propias pasiones, ni la quebrante el trabajo, ni la extravíen las tentaciones del diablo.

Y pues me diste el querer, dame también el poder y el obrar según tu beneplácito.

Dame especialmente, Dios de bondad, las disposiciones requeridas para lograr ese fin y una confianza filial en mis padres espirituales, a fin de que pueda trabajar sin tregua, hasta una muerte dichosa, por mi propia salvación y la de los demás y sobre todo por tu gloria. Amén[20].

6. Renovarnos en el carisma
La reflexión teológica y el magisterio mismo de los últimos años emplean el término carisma para indicar la vida consagrada en general y más aún sus diversas formas. Ha sido utilizado como categoría privilegiada por el congreso de la Unión de superiores generales (Roma, noviembre 1993). Se habla así del carisma del fundador, transmitido al instituto. La palabra carisma aplicada a una forma particular de vida consagrada indica especialmente cuatro aspectos:

  1. Un aspecto trinitario que subraya la relación inicial y constante con el Espíritu, del que todo don procede; la configuración con Cristo, experimentado y expresado según un misterio suyo o/y un ministerio; una relación con el Padre del que se percibe y se vive el amor por la humanidad.
  2. Un aspecto eclesiólogico, es decir, una relación privilegiada con la Iglesia para cuya edificación todo don es dado.
  3. Un aspecto intrínseco unificante de las diversas dimensiones del mismo carisma, que son interdependientes y que comprenden los valores esenciales, el sentido y las opciones de la misión, el espíritu del estar juntos, los caminos de la formación, etc.
  4. Una relación de continuidad con el fundador. «El carisma de los fundadores se revela como una experiencia del Espíritu, transmitida a los propios discípulos para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y constantemente desarrollada en sintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne»[21].

El carisma no es una noción que se construye con el juego de conceptos y elucubraciones. No es tampoco un objeto o un bien inmueble que se transmite automáticamente o por derecho adquirido. Es un don del Espíritu y una experiencia viva de Cristo, algo existencial y vital. Se puede disfrazar, debilitar y hasta perder por varios motivos, pero sobre todo por la pérdida de contacto con la fuente misma que es el Espíritu de Dios y con el debilitamiento de la experiencia de Cristo.

Me he preguntado cuáles sean las condiciones para que el carisma pueda ser vivido, custodiado, profundizado y constantemente desarrollado. Las siguientes me parecen las condiciones más importantes:

La primera condición es la disponibilidad al Espíritu no sólo a través de la oración de invocación, sino también a través de actitudes interiores que permiten al Espíritu manifestarse y a través de maneras de hacer que le permiten actuar, como el discernimiento.

Es preciso profundizar constantemente en nuestra relación personal y comunitaria con Cristo, a través de un conocimiento cada vez más completo de él, una identificación cada vez mayor, con objeto de dejarlo vivir en nosotros y obrar a través de nosotros (cf. C. 2). La fidelidad activa a nuestros votos es camino privilegiado e inderogable. Esto nos llevará a una experiencia progresiva y transformante de Cristo contemplado en su misterio de salvador e imitado en su ministerio de evangelizador.

El amor, el conocimiento y la devoción al fundador crean una sintonía con él, con objeto de comprender y seguir su camino espiritual y apostólico, haciéndonos aptos y disponibles a la acción del Espíritu. El Espíritu ha, en efecto, obrado en él, suscitando no sólo las intuiciones e iniciativas iniciales, sino también haciendo evolucionar la obra respondiendo a los nuevos desafíos. Esta pedagogía de los comienzos puede enseñar a afrontar los nuevos virajes a emprender. En particular, es necesario comprometerse a vivir las dimensiones del carisma mazenodiano, que siguen siendo claras y actuales. Para nosotros es preciso particularmente vivir con celo y creatividad la misión de reevangelizar a los «cristianos degenerados» y llevar la buena noticia a los «no cristianos», según la trayectoria de profundización del fundador mismo y bien expresada en las constituciones[22]. Pienso que cada grupo oblato, con motivo de la canonización, debería desarrollar formas de evangelización extraordinaria siguiendo el modelo de las misiones populares y que incide aún dondequiera se tiene el valor de estar disponibles y de adaptarla a las necesidades reales.

Es necesaria una profunda sintonía con la Iglesia, cuerpo místico de Cristo en crecimiento. Esto significa comunión con el pueblo de Dios y con sus pastores. Esto implica asumir en la misión específica las nuevas sensibilidades y las orientaciones pastorales, como el puesto del laicado, del diálogo interreligioso, del ecumenismo, de la justicia y de la promoción humana, de lo que se era poco sensible en tiempo del fundador. Significa asimismo comprometerse con nuevo ardor y creatividad en los desafíos propuestos por el magisterio, como la nueva evangelización y la misión ad gentes, que formaban parte de las intuiciones y preferencias del fundador. Nuestra respuesta a este doble desafío será el oxígeno para la vida del carisma.

La comunidad es el lugar en el que se comprende y se vive el carisma. Está, en efecto, confiado a ella en sus diferentes niveles. Por eso los oblatos deben desarrollar una vida comunitaria que sea verdaderamente cristiana y verdaderamente oblata, en la fe y en la caridad. Las orientaciones de las constituciones y de los últimos capítulos son muy claras, pero es necesario llevarlas a la práctica.

La atención a las necesidades de salvación del propio ambiente y del mundo despierta en nosotros la llamada de Cristo y da dinamismo al carisma (cf. C. 1). Es menester una atención a los signos de los tiempos para leer los llamamientos evangélicos según la naturaleza de nuestro carisma y poder así responder a las urgencias. Ante la lectura de estos signos y las necesidades, es preciso dejarse conmover como los primeros oblatos, y tener la audacia para una respuesta efectiva.

Para vivir en abundancia el carisma oblato es preciso cultivar un distintivo mariano, caracterizado por la humildad y el agradecimiento. Jactarse nos lleva fuera de camino. Sigamos siendo parva congregatio. Esto nos permite estar con naturalidad cerca de los pobres y sencillos (cf. C. 8). Como María, ante las maravillas de que somos testigos en la congregación, debemos reconocer que son fruto de la bondad de Dios. Esta confianza en el Señor nos hará audaces para responder a los nuevos desafíos y emprender nuevos caminos (cf. C. 9). Es preciso sobre todo como María acoger constantemente a Cristo en los azares de nuestra vida para darlo de modo auténtico al mundo de hoy al que somos enviados (cf. C. 10).

Conclusión
El carisma sigue siendo un don que hay que acoger y hacer fructificar. Es una gracia que hay que pedir. «Como los apóstoles después de la ascensión de Cristo, la Iglesia debe reunirse en el cenáculo “con María la madre de Jesús”, para implorar el Espíritu y obtener fuerza y valor para cumplir el mandato misionero. También nosotros, mucho más que los apóstoles, tenemos necesidad de ser transformados y guiados por el Espíritu»[23]. En esta oración de invocación del Espíritu se unen a nosotros los oblatos del cielo y particularmente Eugenio de Mazenod al que, junto con toda la Iglesia, veneramos como santo e intercesor nuestro.



[1] Cf. Introducción a las Constituciones y Reglas, Roma 1982.
[2] 2 sept. 1851, Ecrits Oblats, Lettres 2, p. 25.
[3] Constituciones y Reglas, Prefacio.
[4] Constituciones y Reglas, 1853, Caput tertium, XIX.
[5] Carta al padre Guibert, 29 julio 1830, Ecrits Oblats, 7, págs. 206-207.
[6] Carta al padre Tempier, 22 agosto 1817, Ecrits Oblats, Lettres, 6, p. 38.
[7] Carta al padre Tempier, 15 agosto 1822, Ecrits Oblats, Lettres, 6, págs. 98-99.
[8] Lettre circulaire, 2 agosto 1853, Ecrits Oblats, 12, págs. 183-184.
[9] CIARDI F.: Fondatori uomini dello Spirito, Cittá Nuova 1982, p. 346.
[10] ZAGO, M.: Carta a los Oblatos en formación primera, 1994.
[11] Apuntes de retiro 1853, Ecrits Oblats, 15, p. 205.
[12] Carta al padre Milles, 25 enero 1831, Ecrits Oblats, Lettres, 8, p. 12.
[13] Carta al padre C. Varet, 4 enero 1856, Ecrits Oblats, 12, p. 1.
[14] Carta al padre Ant. Mouchette, 24 abril 1855, Ecrits Oblats, Lettres, 11, p. 266.
[15] Carta al padre Ant. Mouchette, 2 diciembre 1854, Ecrits Oblats, 11, p. 254.
[16] Carta al padre Ant. Mouchette, 2 diciembre 1854, Ecrits Oblats, Lettres, 11, págs. 253-254.
[17] Carta al padre H. Courtes, 22 julio 1828, Ecrits Oblats, Lettres, 7, págs. 167.
[18] Carta al padre A. Lacombe, 6 marzo 1857, Ecrits Oblats, Lettres, 2, p. 148.
[19] Retiro 1-21 diciembre 1811, Ecrits Oblats, 14, p. 254 y Oramos así p. 125.
[20] Oramos así, p. 79.
[21] Mutuae relationes, n. 11.
[22] Cf. CC. 5, 7.
[23] 23. Redemptoris Missio, n. 92.


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